Dos en Chilean Hong Kong

Si algo puedo concluir después de lo vivido el pasado viernes, es lo que decía Borges respecto de las coincidencias o casualidades: no existen tal como las entendemos comúnmente, sino más bien responden a una causalidad.

El día en cuestión no sólo representaba el fin de una semana agotadora y exigente, por lo que ausentarse de la urbe aparecía como una instancia más que necesaria después de realizar los trámites del seguro de cesantía. Conectado como siempre al playlist del teléfono –recientemente modificado- y una vez autorizado el pago que vendrá a salvar mi existencia por algunos días, camino por Mac Iver escuchando la versión que hiciera la Banda ATR de “La muerte de mi hermano”, canción popularizada en los lejanos ’60 por Los Mac’s, y pienso en Rudy, músico y poeta amigo con el que nos hemos conectado potentemente especialmente en el último tiempo. Rudy tocó teclados en esa versión que data del año 1994 y luego me dirá que se arrepiente de haber participado en esa grabación, que terminó siendo una lucha de egos. Finaliza la canción y entra una llamada: es Rudy precisamente, que está en Santiago por el día. Sin dilaciones lo invito a un café –de vasito, como suelo decir- de esos que se toman en la barra de las pastelerías. Un abrazo y le damos al diálogo con tópicos majaderamente dolorosos e inevitables para ambos en el último tiempo. Nos miramos y recordamos cuando nos conocimos y compartimos una casa hace veinticinco años. Ha pasado mucho tiempo y…estamos en la misma. Para bien o para mal. Reímos, pero no olvidamos que desde esa fecha hasta ahora ambos hemos recorrido un camino y tenemos una obra de la que indudablemente nos hemos hecho cargo.

Es pasado mediodía y antes de enfilar hacia el poniente por la Alameda me detiene y señala un departamento en el segundo piso del edificio que acabamos de abandonar, donde compartió con el Flaco Spinetta cuando le tocó telonearlo. El Flaco, haciendo uso de su característico humor había señalado -aludiendo al tráfico de la arteria capitalina- que estaba feliz de tocar su música en Hong Kong. Y eso fuimos en esos momentos en medio de la vereda: dos cincuentones ninguneados por el mercado y la vida, cagados de la risa recordando un montón de cosas que nos han pasado en estos años, caminando por la Alameda, haciéndole el quite al feísmo que se apoderó hace rato de esta ciudad. “Hermano, cuando quiera se devuelve”, dice Rudy y le contesto que sin pega a uno le sobran los problemas pero también el tiempo, que no se preocupe.

Ya estamos en la esquina de Nueva York y sin querer nos detenemos. Rudy mira y me dice “Vamos por una caña en la barra, yo invito”, y mira hacia La Unión Chica, un clásico de nuestro tiempo. El lugar está lleno, no sólo de gente sino también de Historia. Hablamos fuerte para escucharnos mientras bajamos a sorbos nuestro telúrico brebaje, el néctar de los dioses. En nuestra conversación están De Rokha, Parra, la Mistral, Huidobro y Teillier por cierto, que nos observa desde una mesa en la entrada del local. Hablamos de nuestras ideas y de lo que estamos haciendo. Rudy me cuenta de “los poetas del vino” y yo de los textos a los que estoy poniendo música incidental y de la probable participación de Gonzalo Victoria, un guitarrista y musicólogo amigo, uruguayo; fenomenal como persona. Le digo que paso de la guitarra al teclado, vacilante. Me tranquiliza diciendo que son etapas, que no me preocupe, que deje salir todo. Lo está diciendo alguien que ha editado dos discos tributando a Jorge Teillier, así que asumo no más. Aparecen “A la luz del carrousel” y “Canción de lucha” en la conversación. Entre ambas hay más de veinte años de diferencia y las dos me mandaron a la mierda en su momento, la última hace dos semanas. Esas canciones son de otro planeta hermano, le digo. Rudy sonríe y agradece el comentario casi con timidez, pero sabedor de lo que ha hecho en su extensa trayectoria…y hacemos un nuevo salud.

A la salida, retomamos la caminata hacia el poniente y nos separamos en Almirante Barroso. La despedida es un abrazo potente y sostenido, con la promesa –una vez más- de no bajar los brazos. Ninguno de los dos. Aunque la vida nos zamarree –pienso- nunca de los nuncases nos verá en el suelo si seguimos creando. Para eso estamos y para eso vinimos. Lo veo alejarse camino al terminal de buses con tranco firme mientras me calzo los audífonos nuevamente. Lo que suena me deja helado y estremece hasta los zapatos…no puede ser tanta la coincidencia digo, mientras el piano de Nino García –nuestro Nino- arremete con un in crescendo. Idiotamente creo ver un guiño, un dedo p’arriba allá en el cielo. Imposible pensar en flaquear con esto que suena digo una vez más y giro para ver si puedo divisar a Rudy, pero no.

A dos cuadras, a la salida del metro Moneda, afuera del Ministerio de Educación, reconozco a un lustrabotas cuya foto el día anterior alguien había subido a las redes sociales. Me mira sin querer mirar, como en la canción de Charly, y sólo extiendo mi mano para felicitarlo por estar a sus cuarenta años aprendiendo a leer y a escribir. Le digo que no abandone jamás, que lo logrará. Su sonrisa lo dice todo, y da las gracias emocionado. “¡¡Aquí está la vida de verdad hueones!!” grito imaginariamente a quienes circulan raudos por mi lado, mirando sus teléfonos. Recupero el aliento y sigo mi camino, convencido de que así se le gana a la otra vida, la de mentira, cuando intenta decirte de todos los modos posibles que lo importante son las lucas seguras en el bolsillo y todo lo que eso conlleva. Convencido también –al igual que Borges- de que las coincidencias no existen y que lo sucedido ese viernes más temprano que tarde mostrará resultados.

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