Escuela N° 6…in memoriam

En la tercera cuadra de la calle Benavente, en Ovalle, casi en la esquina de Tocopilla, aún es posible ver parte de la antigua casona que albergó a la que fuera una emblemática escuela en los años 60 y 70. Ahí llegué como oyente y con cinco años para acompañar a mi hermana mayor que ingresaba a primer año. Poco tiempo antes, mi papá había adquirido su segunda joya: el tocadiscos Winco Estereofónico (la primera había sido una radio a tubos en la que escuchaba toda la música posible, en onda corta y larga). La caja del tocadiscos estuvo unos días en el patio de la casa donde arrendábamos un par de piezas, tiempo suficiente para que yo copiara el texto que en ella aparecía sin saber lo que estaba “escribiendo”. Probablemente esa pequeña hazaña significara un antecedente y terminara respaldando lo que sucedió el primer año en esa escuela: un viejo certificado de notas escrito a mano indica que terminé obteniendo el primer lugar del curso. El año: 1973, convulso y nefasto por varias razones. A saber: en pleno invierno, enfermé de una hepatitis que me tuvo cuarenta y cinco días en cama, incluyendo mi cumpleaños, día en que recibí dos diccionarios Sopena de regalo exactamente iguales. Mi médico tratante era el doctor Jorge Jordán, que sería fusilado un par de meses después, producto del golpe militar del once de septiembre de ese mismo año. Quizás la situación más decidora y que mejor grafica todo esto es el poster de la junta militar que se ubicó en cada sala de clases después del once de septiembre.

La vieja escuela siguió funcionando y nosotros con ella. En su patio, otrora pavimentado y con veredas de baldosines, reinaba desde el centro un pino gigante que no constituía un obstáculo a la hora de pichanguear en los recreos. Al fondo estaban los dos baños pequeños, siempre con las cañerías goteando y un hedor insufrible a amoníaco. La humedad se acumulaba día tras día en las paredes derruidas. Mi curso -asumo que era la tónica en todos los niveles- reflejaba lo que el edificio era: la pobreza material de un estrato social a la que le sobraba dignidad en tiempos donde la ideología tenía sentido y las utopías campeaban. Mis compañeros eran hijos de pirquineros, maestrancinos y otros oficios que pasaron al olvido con el paso del tiempo producto de la implementación del modelo neoliberal. Mi propio padre era chofer de micro. Recuerdo sólo a un hijo de profesional y que sería mi compañero de banco por años: Eduardo “Turco” Fredes, cuyo padre -“el señor Fredes”- era profesor de matemáticas en la misma escuela. Había otro -Richard-, hijo de carabinero y que vestía siempre un grueso jersey blanco (cosas de la vida: en esa época no era obligatorio el uso de uniforme). Me pregunto qué sería de su padre después del golpe. Con algún otro, Artemio por ejemplo, tenemos contacto hasta hoy y disfrutamos cada encuentro por breve que sea cada vez que vuelvo a Ovalle. Según me cuenta, tiene contacto con varios de nuestros antiguos compañeros. Ojalá algún día coincidamos y pueda verlos y escucharlos. Sería un ejercicio poderoso para la memoria de los afectos.

Recuerdo que esa escuela albergó lo que pude conocer del gobierno de Salvador Allende, y que vino a complementar la efervescencia fuera de ella y lo colorido de la cultura de la época, con revistas de moda, diarios de todas las tendencias, cómic y publicaciones Quimantú colgando en los quioscos y librerías del barrio que servían de marco para cánticos del tipo “el que no salta es momio”. En sus salas inmensas y frías conocí a compañeros humildes en su origen y de quienes aprendí mucho incluso estando yo -con suerte- apenas un escalón más arriba que ellos en la escala social. En los recreos, que duraban aproximadamente quince minutos que eternizábamos en nuestras cabezas, los hombres jugábamos a la pelota, al pillarse o a desplazarnos en cuclillas sobre piedras que recogíamos del patio mientras éramos tirados por nuestros compañeros. Las mujeres, daban vueltas por el patio formando pequeños grupos. Imborrable resulta el hecho de recibir al comienzo del año los cuadernos que entregaba el Estado gratuitamente como parte de su política educacional; lo mismo que los dos kilos de leche -también gratuitos- depositados mensualmente sobre el pupitre. Así de importantes eran los estudiantes para el gobierno de Allende.

Los actos de los días lunes eran -al menos para mí- un ritual caótico básicamente por la puesta en escena. Sin amplificación y el patio lleno de estudiantes, el griterío era el condimento básico en esas instancias donde se pretendía mostrar las habilidades de cada cual. En algún momento llegó al curso un muchacho pequeño y tímido que resultó ser tocayo de un compañero. Su nombre: Jaime Pizarro. No destacaba por su rendimiento, pero en las pichangas del recreo sobresalía con creces por su rapidez y eficacia en marcar goles por la punta derecha. Tenía un hermano en un curso superior -Sergio- que en los actos de los días lunes solía cantar la canción que sonoriza el video que acompaña esta nota. Interpretada por el grupo español Los Mitos y de gran popularidad en la época, llamaba mi atención principalmente por la introducción, siempre muy arriba y potente. A falta de recursos de todo tipo, Sergio replicaba el hit-hat del comienzo golpeando sus piernas con las manos emulando la estructura original de la canción.

En la Escuela 6 -así quedó grabada en la memoria colectiva, sólo con un número- estuve hasta el cuarto año, en 1976. Algún día, a principios de 1977 y ya en quinto año, alguien dijo que tomáramos nuestras cosas porque abandonábamos la vieja escuela para trasladarnos a una nueva y mejor; cerca de ahí por cierto. Salimos formados pero no uniformados, dejando atrás el pino majestuoso y cientos de peloteos y carreras con caídas que dejaron más de una cicatriz en cabezas y rodillas, rumbo a un destino incierto y precario que por mucho tiempo tuvo forma de nudo en la garganta que hoy después de cuarenta años se desata en la memoria.

2 Comments

  1. Andres Durán

    Hermosa crónica, bro. No sólo nutrida de sorprendentes episodios, sino también enriquecida con tu notable y certera pluma. Siempre es un placer recorrer tus universos literarios. Aunque no estuve ahí me permite evocar mi paso, esos mismos años por la escuela Salvador Sanfuentes y recordar tantos momentos similares. A veces, en sueños, me pierdo en los recovecos de su solemne arquitectura versallesca, y al despertar me dan ganas de llevarlo al papel, pero la motivación no siempre me acompaña. Gracias y espero leer más de tu trabajo.

  2. Recuerdo tus menciones a dicha escuela en nuestras reuniones en La Cabaña, existe aún? A esa bella descripción de su arquitectura, que imagino plena de contraluces, le pena tu talento desde el dibujo…go ahead!

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