Érase un boxeador (historia real)

Sin-título-1

 

Una noche de tantas, en la primera década del nuevo milenio -sentado en la barra ante el lleno total del Tequila, escenario donde se sitúa este relato- conversaba  amenamente con Queno, su dueño, y mientras me aprontaba para retirarme a mis aposentos privados, sentí la presencia de alguien a mi lado, observándome. Por alguna extraña razón, a pesar de tratarse de una fría noche de invierno, yo bebía un schop. Medio litro amenizaba la conversa. El sujeto a mi lado, bebía una cerveza y me observaba a cada tanto amablemente. Su contextura indicaba un buen estado físico debajo del gamulán negro. En algún momento iniciamos una conversación, y a los pocos momentos hice el link en mi cabeza con aquellas veladas boxeriles en la televisión de los años 70.

– Disculpa ¿Víctor Nilo, verdad?

– ¡Me conoces! – responde sonriente

– ¡Por supuesto maestro, cómo no! (siempre he tenido la mala costumbre de maestrear a medio mundo)

– ¡Salud por eso!

– No te queda nada. ¡Queno, una cerveza pa’l maestro Nilo!

– Gracias de verdad. ¿Oye y cómo me conoces? – contraataca el púgil, en un intento por alimentar el ego adormecido.

– Veía tus peleas en la tele…eras bueno- digo, mientras miro sus manos un poco hinchadas, supongo que de tanto golpear mandíbulas y sacos de entrenamiento. Debo añadir que en su época dorada Nilo además llamaba mi atención porque no pertenecía a esas categorías donde los boxeadores en mi opinión quedaban al debe por su esmirriado físico, es decir, pesos pluma, mini-mosca, gallo y otros tantos menudeos. Nilo era un peso mediano, y pude constatarlo durante la conversación. Transcurrieron largos minutos y la confianza hizo que me pidiera otra cerveza, metáfora de un jab directo al mentón del que acusé recibo.

– ¿Puede ser?- preguntó sin vergüenza alguna y siempre sonriente

– Si quieres algo más fuerte no hay problema. Hace frío.

– Mejor todavía. Amigo, voy al baño y vuelvo- señala mientras hago una seña y le pido dos piscolas al querido Queno.

– ¿Amigo nuevo don Sergio?

– ¿Cachai quién es? Víctor Nilo…

– ¿El boxeador?

– El mismo…

– La peleas afuera, don Sergio… – responde el Queno cagado de la risa mientras entra en escena el púgil.

Desde que tengo memoria me ha gustado el boxeo, y tuve la posibilidad de empaparme de su mejor época nacional e internacional por la radio, la prensa -principalmente Revista Estadio- y evidentemente la televisión. Supongo está de más señalar que he visto toda la saga de Rocky innumerables veces (sus primeras cuatro partes en el cine) y la primera realización sobre la vida de Mohammed Ali, además de Raging Bull.

Recuerdo puntualmente las veladas transmitidas por Televisión Nacional en los lejanos 70 y 80. Allí pude apreciar la mejor época de los más grandes: Ali, Foreman, Frazier, Norton, Liston, Evangelista, los hermanos Michael y Leon Spink, Sugar Ray Leonard, Roberto “Mano de Piedra” Durán, en fin. En estos lados pude seguir a Raúl Astorga, los hermanos Pedro y Martín Vargas, Ramón y Efraín Ilufí, Villablanca, Ulloa, Badilla. También al protagonista de esta crónica: el inefable Víctor Nilo.

Un rato más de conversa y el frío reinante gana por puntos. Después de pagar la cuenta, Nilo y yo abandonamos el bar y conversamos un par de minutos más en el paradero ubicado justo afuera. Lo noto incómodo con las manos enfundadas en el gamulán, pero no deja de sonreír.

– ¿Pasa algo maestro? – pregunto, temiendo que me diga que quiere seguir tomando en otro lado ahora que somos grandes amigos.

– ¿Te puedo molestar por última vez?

– Dígame…

-¿Tendrás una moneda? Ando medio corto y tengo que llegar a mi casa en Talagante. Una moneda, lo que sea…

– Lo que salga del bolsillo- le digo, y ambos reímos.

– Lo que salga…

Meto la mano al bolsillo y la diosa fortuna levanta la mano triunfadora de Nilo, pues aparece un par de billetes que ilumina el rostro moreno de Nilo en mitad de la noche. Nos despedimos con un abrazo apretado y olor a copete, con la promesa de juntarnos nuevamente en el bar, cualquier día. “Total, usted es de la casa…” dice sonriendo, quizás feliz de haber encontrado un lugar y a alguien con quien revivir sus recuerdos de cuando zamarreaba sin piedad a sus contrincantes en el ring.

– ¿Y…?- pregunto finalmente, haciendo un gesto con mis puños…

-¡Vuelvo al ring, vuelvo al ring…! – responde, siempre sonriente y subiéndose a la primera micro que se detiene.

Lo cierto es que nunca más volvimos a encontrarnos. Ni ahí ni en ninguna parte. Tiempo después supe que había muerto en la Posta Central, a consecuencia de una cirrosis. No pude evitar pensar que quizás esa noche que nos despedimos se bajó en cualquier parte y gastó las lucas que le pasé en seguir tomando. Pero a esas alturas, daba lo mismo. Nilo refrendaba con su muerte la historia negra -y muchas veces triste- de los grandes boxeadores.

Algunos años antes, y con motivo de la despedida de los cuadriláteros de Martín Vargas, tuve la posibilidad de compartir -en la oficina que tenía el promotor Ricardo Liaño en el caracol de Bandera 618- con dos campeones mundiales: Betulio González y Miguel Canto. Ambos se encontraban en un estado lamentable. Poco se diferenciaban a primera vista en esos momentos de cualquier parroquiano que habitaba en los bares de Mapocho. ¿Lo sorprendente? Su humildad y gentileza en el trato, a pesar de ser el pálido reflejo de una monarquía que los había desterrado. Estuvo bueno ese encuentro, pero esa es otra historia. También de boxeadores.

2 Comments

  1. José Alfaro Dahdal

    Extraordinario. Araya Alfaro,es un placer leer tus escritos, espero que sigas brindándonos estos reencuentros con lo mejor de la vida, los recuerdos y la nostalgia que nos hace humanos. Un abrazo. Pd todos los días pasó por fuera del tequila.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *