Érase una fuente de soda

Teatinos

 

Desde que tengo memoria he escrito. Cualquier cosa. Y a todo le pongo fecha. Digno de diván dirán los malpensados, pero da lo mismo.

Hasta avanzados los años noventa existía en el barrio Mapocho -en la esquina de Teatinos y San Pablo- una fuente de soda. No sé si tenía el nombre que refiere la fotografía que acompaña a esta nota, pero tengo vívido el decorado. Paralelamente a la calle San Pablo se ubicaban los ventanales y detrás de ellos, una hilera de mesas con asientos fijos, de esos con respaldo compartido. Al fondo, el baño; y siempre en paralelo a la arteria, una barra. Lo típico de estos lugares que aún soportan el paso del tiempo. La iluminación la recuerdo cálida, sea por el sol directo que lo bañaba gran parte del día o por la tonalidad que reflejaba su mobiliario en tonos café y anaranjado.

Ubicado a metros del antiguo Terminal Norte, recuerdo haber estado en el lugar una vez que mi polola de entonces había ido a despedirme, seguro por un viaje de vacaciones. Recuerdo también que compartimos algo frugal, acorde a nuestro presupuesto de estudiantes.

Con el tiempo -y habiendo egresado de la universidad- seguí deambulando cada cierto tiempo por el sector, a veces sólo con la intención de caminar y buscar las historias que siempre abundan en lugares como estos. Me interesaba sobremanera lo sórdido que sucedía en el barrio -sobre todo de noche- y quería traducir aquello en textos. Daba lo mismo cómo, aunque probablemente pensara en cuentos como formato.

Un día caluroso acerté a pasar y beber un schopito.

– ¿Algo más?

– Nada más – respondo, y el sujeto -supuesto dueño- indica entonces que debo ubicarme en la barra. Pobres en la barra, los que pueden pagar una cuenta más abultada, en las mesas. Como en la canción del Payo Grondona sobre la circunvalación Américo Vespucio: al norte los pirulos, al poniente los picantes.

Una vez ubicado en la barra ataqué el schop y saqué papel y pluma. No sé cuánto rato eternicé el vaso de cerveza, pero recuerdo haber escrito bastante. Cada cierto tiempo, el dueño limpiaba el mesón y me miraba sin atreverse a interrumpir. En algún momento pensé que pediría que me fuera si no iba a consumir más, pero deseché esa opción al constatar que el local estaba a la mitad de su capacidad.

-¿Qué escribe tanto?

– Nada puntual. Son ideas que tengo para algunas cosas- respondí, pensando en decir “guiones” si el hombrón insistía en preguntar, pero se retiró a atender a una pareja pudiente que se ubicó en una de las mesas justo detrás de mí. Al rato volvió al ataque.

– Pero escribe harto usted…

– Seguro no se salva ni la mitad, no se preocupe…

– ¿Usted es escritor?- dice el hombre finalmente, un poco inquieto detrás de sus bigotes y siento que el taburete donde estoy sentado se remece levemente. Escritor…repito casi en un susurro.

– Sí… – digo patudamente, intentando no ahogarme.

– Ahh…

– ¿Cómo adivinó?

– Hace tiempo venía un señor que andaba en la misma…y decía que era escritor

– ¿Cómo así?

– Se sentaba en la mesa del fondo y escribía harto. Con pluma también, por eso le pregunté.

– ¿Se sentaba en la mesa? Tenía plata entonces… – respondo y el tipo abre los ojos como sintiéndose culpable por algo. ¿Recuerda el nombre? – digo por decir algo, porque conozco pocos escritores personalmente y la verdad no es una fauna que sea santo de mi devoción.

– La verdad no…pero venía seguido. Siempre pedía lo mismo. Una de tinto y arrollado con papas. A veces una cazuela- dice el bigotón y siento que salivo. Lo que queda del schop se va pa dentro y logro disimular.

Se acaba el schop y me apresto a marchar cuando el sujeto se acerca. Está un poco nervioso pero finalmente saca el habla.

– Oiga ¿le puedo pedir un favor? – dice, y no atino a pensar en qué le puedo ayudar. En un par de minutos que seguro son una eternidad para él, me cuenta su historia. Le gusta una clienta que suele aparecer los viernes y sábado por la noche. Siempre sola. En su opinión, seguro tuvo épocas mejores, pero “esa gallinita todavía da buen caldo”, señala soltando una carcajada. Acto seguido me pide que le escriba un poema, unos versos, lo que sea. “Lo que sea…” digo y me arrepiento de haberme colgado el cartel de escritor sin haber hecho nada más que garabatear unas cuantas frases -cientos en realidad- sin conexión alguna entre ellas. De hecho, hasta ese momento nunca había escrito lo que comúnmente se entiende por poema.

Me siento incómodo. Ahora el tiempo es eterno para mí y la verdad no sé qué crestas responder. Hasta vergüenza siento, pero el enamorado insiste como si yo fuera su única esperanza de conquistar a una mujer que no he visto ni veré jamás en mi vida.

Dicen que hablando las personas arreglan sus diferencias. Como reflejo de aquello el tipo saca una carta de debajo de su manga pasada a fritanga y -sabedor de mi inopia- clava la daga en el único lugar posible.

– Un churrasco y un schop de medio…pa ti solito – me dice en voz baja, sonriendo y ahora tutéandome.  

– Estamos hablando de palabras mayores – respondo e intento sonreír, pues acabo de entregarme. Él da media vuelta y se apresta a preparar el churrasco en la plancha metálica ubicada a un costado de la caja. El schop es lo primero que sale mientras voy al baño. En ese momento me siento como Pelayo Joglar, el personaje de “Los lobos y las magnolias” -cuento de Fernando Emmerich- escribiendo discursos y poemas a pedido para llenar el bolsillo. A mi regreso, lo prometido me espera con la forma de una bella escenografía desplegada sobre una mesa. Así de enamorado -o ganoso- está el amigo.      

Sin duda lo más complicado fue iniciar el texto. Como el personaje del cuento referido, eché mano a lugares comunes y me transformé en un coctelero de la literatura almibarada, mezclando sin asco a Bécquer y Calderón de la Barca. Nervo y Darío también cayeron. A Neruda lo dejé fuera a propósito. Ya en ese tiempo lo encontraba sobrevalorado, pero lo cierto es que lo parafraseé después en más de una oportunidad sin culpa alguna.

Estuve un tiempo largo en esas lides. Nunca pregunté nada ¿para qué? Al tipo le gustaba lo que escribía y repitió el menú cada vez que aparecí por el lugar. También cada vez sentí un poco de vergüenza por la calidad de los textos y por recibir comida a cambio, pero la vida te da sorpresas dice una conocida canción, y yo me la sabía de memoria, sobre todo el estribillo. Un día que aparecí en un horario diferente, encontré a un tipo joven atendiendo, quien señaló que el jefe andaba “templado” y volvía en dos semanas. No quise preguntar más y me fui. También quise suponer -como buen chileno- que había saltado la liebre.

Mucho después, y habiéndome despedido de un trabajo formal que realicé durante un tiempo largo, retomé esta práctica cerca de ahí, en el Correo Central. Ahora contaba con bastantes textos originales a cuesta y no sentía pudor de reconocerme en mi obra, la que se resumía en dos libros autoeditados y un par de novelas que aún esperan ser publicadas.

Esta vez la misión rozaba la belleza que tanto he buscado toda la vida: escribía las cartas que muchos analfabetos querían enviar a sus familias en lejanos pueblos del sur. Sin querer, me había transformado en un símil de Germán Marín en sus tiempos de apremio. También escribí algunos versos a pedido del enamorado de turno y cartas de agradecimiento y homenajes. Todo servía para pagar el agua, la luz o lo que fuera que se viniera encima.

Esta práctica la conté en una sesión con mi terapeuta de entonces. Conmovida, me sugirió ver una película donde sucedía algo parecido: El lado oscuro del corazón. Después de verla, recordé una sentencia de Alfredo, mi profe de Iluminación en la universidad: “el cine en cierta forma es una mentira, todo pasa en un tiempo irreal. Es cien por ciento sensaciones”. Además, no soy guapo ni tengo las lucas de Grandinetti, podría haber agregado yo.

Sólo a veces miro hacia atrás…quizás más de la cuenta. Es entonces que aparecen los recuerdos de esos lugares por donde anduve y las vivencias asociadas a ellos. Siempre han sido lugares donde aparentemente no pasa nada, pero pasa todo lo que a mí me ha interesado siempre: espacios donde vive la vida, y por ende, se oculta la belleza. La de verdad, claro, no la del cine.

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