Comentario «Cecilia en vivo» (1997)

 

 

Concierto realizado el 30 de octubre de 1997 en el Teatro Monumental (ex Caupolicán)

Orquesta de Juan Azúa

Músicos:

Nino García (piano)

René Aranguas (teclados)

Patricio Salazar (batería)

Mario Góngora (percusión y timbales sinfónicos)

Carlos Corales (guitarra)

Pocho Rodríguez (bajo)

Óscar Moya (saxo)

Juan Bulnes (trompeta)

Héctor Briceño (trombón)

Coro Madrigal

 

Músicos invitados:

 

Roberto Lecourt (saxo)

Rafael Guíñez (viola)

 

Que Cecilia Pantoja Levi -“la incomparable” a pesar de ser revisitada e imitada en múltiples ocasiones en el útimo tiempo- tiene un sitial ganado en la Historia de la Música Popular de nuestro país no constituye ningún misterio. Más allá de la idolatría acuñada en los años sesenta al amparo del fenómeno que resultó ser la Nueva Ola, ha demostrado con el paso del tiempo y con creces, tener méritos suficientes para haber traspasado la barrera de la moda del movimiento nuevaolero.

Señalemos que en términos musicales –principalmente debido a su carácter mimético- el aporte del citado movimiento juvenil  fue más bien acotado. No obstante, su impronta se manifiesta desde dos aristas que sí revisten una importancia insoslayable para el desarrollo de la música popular, la propia industria discográfica y el registro sonoro: el surgimiento de tres figuras que -llegando a la categoría de ídolos- aportan también con un repertorio propio, navegando -desde lo rítmico- en aguas diferentes al twist y el rocanrol, columna vertebral de la Nueva Ola. Efectivamente, la aparición en la naciente escena juvenil de José Alfredo Fuentes, Buddy Richard y Cecilia justificó con creces la ebullición de un movimiento musical que indudablemente puede ser abordado probablemente de una manera más apropiada y con una cuota mayor de justicia desde el ámbito sociológico. Adicionalmente, señalemos que la Nueva Ola -dado su éxito- instaló en forma definitiva la figura del músico de sesión, factor gravitante en la industria local a partir de ese momento y hasta fines de los años noventa, cuando comienza a desperfilarse producto de las nuevas tecnologías y modos de producción musical.

Lo anterior se puede apreciar en el audio que acompaña a esta nota y que corresponde a los minutos finales del concierto ofrecido por Cecilia el 30 de octubre de 1997 en el entonces Teatro Monumental (ex y posterior Caupolicán) cuando contaba con 54 años. En líneas generales el show es una muestra impecable del poderío de un repertorio probado que respeta gran parte de los arreglos surgidos del talento de Luis Barragán en los años sesenta pero con un sonido bastante más rockero que le hace justicia a quien está considerada por muchos como “la primera rockera de Chile”.

Puntualmente, el audio -digitalización realizada en forma casera- recoge dos verdaderos himnos de la música popular, universales a estas alturas. El primero corresponde a una versión que resignifica de buena manera ese verdadero himno que resulta ser “Gracias a la vida” (¿será necesario nombrar a su autora?), instalándose como una verdadera joya en vivo que cobra autonomía respecto del original. En ese sentido, demuestra claramente que la obra de Violeta Parra es perfecta y que con ella –al igual que sucede con Los Beatles- no caben  los covers, sólo las versiones. Lo performado por Cecilia y la orquesta que la acompañó esa noche es sencillamente fuera de serie. Constituye una perfecta muestra de un manejo del lenguaje musical puesto a disposición de -en este caso- dos canciones y su interpretación. En «Gracias a la vida» se aprecian cambios de ritmo, paso de 4/4 a 6/8 y vuelta a 4/4, un guiño al “Bolero» de Ravel, y Cecilia rockeando como nunca. Todo en tres minutos y medio que llevan al público -y al auditor- a iniciar un viaje desde la emoción al éxtasis.

Lo que sigue es un imprescindible en el repertorio ceciliano que seguro siempre le penó a Domenico Modugno y a su débil versión: “Baño de mar a medianoche”. Nuevamente Cecilia mostrando sus mejores armas y la orquesta acompañando a gran nivel. La notable presencia de los vientos -donde destaca el sonido del trombón de Héctor “Parquímetro” Briceño, acusa probablemente la formación del fallecido director Juan Azúa y su paso por Los Bronces de Monterrey, agrupación emblemática de la música instrumental chilena. Señalemos que también estuvieron en el escenario esa noche el pianista Nino García en su última aparición pública antes de su deceso tres meses después -el 2 de febrero de 1998-, y Rafael Guíñez, violista de gran y diversa presencia en la escena local y que también partiría en tristes circunstancias pocos años más tarde, puntualmente el 2008. 

El equipo de producción -liderado por Leo García, un conocedor del medio y la industria- merece un reconocimiento aparte pues no escatimó esfuerzos para lograr un espectáculo macizo, acorde a la figura de Cecilia, y con ello permitir que este concierto por sí solo escriba una página en la Historia de la Música Popular Chilena. “¡Todo el mundo contento!”, “¡Gracias patria querida, gracias pueblo mío!” grita Cecilia antes de arremeter por última vez y el público responde. “¡Le pertenezco a todos los chilenos!” sentencia emocionada antes de terminar. Touché. Fin de fiesta merecido para la primera rockera de Chile, los músicos, el público y quien quiera revivir este monumental concierto.     

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