Historias de minas

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Una noche de éstas vi por enésima vez Billy Elliot, la película dirigida por Stephen Daldry y que narra las vicisitudes de un púber aspirante a bailarín de ballet (Jamie Bell), cuya condición de hijo y hermano de mineros del carbón en un pueblo de Inglaterra a mediados de los años ochenta pareciera ser determinante en su futuro inmediato.

Por diversas razones siempre tuve una conexión evidente con el universo minero. De niño escuché a mi abuelo materno relatar innumerables historias ocurridas en las perdidas salitreras del norte, donde se había desempeñado como operador de palas mecánicas. De igual manera, en la enseñanza básica tuve por compañeros a hijos de pirquineros que cada lunes relataban lo sucedido el fin de semana en los pequeños enclaves donde trabajaban sus padres. En forma paralela, me internaba en los mundos construidos por Baldomero Lillo en Sub Terra, realizando inconscientemente infinidad de analogías con las historias reales. La descripción de Lillo en sus textos me parecía tan poderosa que podía experimentar sin mucho esfuerzo las sensaciones de los protagonistas: la impotencia de la madre ante la miseria reinante o el regocijo de la viejecilla al agenciarse culposamente la aromática yerba mate para capear el frío. De la pampa nortina viajaba en una fracción de segundo a las minas perdidas en las entrañas de la zona de Lota. De la realidad a la lectura y viceversa en un vuelo imaginario non stop.

En una gira de estudios realizada en mi etapa universitaria conocí el Parque Cousiño, en Lota precisamente. El día 3 de septiembre de 1989 -día de la odisea suicida de la selección de fútbol en el Maracaná, y mientras la mayoría miraba el partido- junto a un par de amigos nos dedicamos a recorrer el parque y bajar por su ladera hasta la playa, donde conversamos brevemente con unos chinchorreros que también observaban el magno evento deportivo en una tele a color que a duras penas se equilibraba sobre un tambor. El fútbol es pasión de multitudes; eso se sabe.

Conocer la historia que albergaba el Parque Cousiño sin duda resultó una motivación para el viaje que hice el año 2007, cuando decididamente me embarqué en la expedición al Chiflón del Diablo, socavón tristemente célebre por las vidas que había cobrado y que da título a uno de los relatos de Baldomero Lillo. La visita consistía precisamente en bajar a la mina en una jaula similar a la que aparece en la imagen que acompaña a esta crónica, la que por cierto pertenece a la película mencionada anteriormente. Los fierros chirriantes y oxidados nos llevaron a cuarenta metros de profundidad para luego caminar quinientos metros en línea recta por debajo del mar a través de un túnel iluminado sólo por las pequeñas linternas de nuestros cascos. Durante la breve travesía pudimos observar como si fueran inmóviles piezas de museo las barrenas y perforadoras utilizadas en otras épocas, cuando ese sendero no era sinónimo de turismo, sino la única opción de trabajo para los habitantes de la región. Ciertamente pudimos apreciar en detalle el mentado chiflón, además de la compuerta N°12 -título de otro relato de Lillo-, un túnel perpendicular al principal que se perdía en dirección opuesta y donde aún silbaba el viento maldito.

Mientras el guía relataba historias perdidas en el tiempo, yo intentaba atar los cabos sueltos de las historias contadas por mis antiguos compañeros de escuela y mi abuelo. El tramo final del recorrido resultó de verdad impresionante, pues al llegar al final del túnel debimos apagar las linternas de nuestros cascos para dar paso a una oscuridad total y con ello rendir tributo a las víctimas del socavón. En ese momento -de absoluto silencio- atiné a poner mi mano derecha en la pared del túnel, sólo para constatar lo que había escuchado durante todo el trayecto: la presión del mar hacía vibrar el túnel y las vigas crujían asincopadas con un triste lamento. Imaginé entonces lo vivido por miles de mineros en los accidentes ocurridos en el lugar, lejos de la superficie y a merced de una naturaleza implacable. Ahí abajo, la miseria y la tragedia retratadas por Lillo adquirieron una dimensión que resulta difícil describir.

Creo que a partir de esa experiencia comencé sin querer un flirteo con el extremo sur de este país, y puntualmente con los lugares que exigen esfuerzo y coraje si uno quiere formar parte de ellos. Ninguna comodidad -por decirlo de algún modo- se logra sin entablar un diálogo real con la naturaleza que reina por donde uno mire, y que humilla en su belleza y también en lo que se podría entender como fealdad. En estos lados todo implica un esfuerzo mayor y la naturaleza es parte de la vida diaria, pero si uno aguanta, es recompensado. Suelo pensar que quizás en esos momentos de agote -pero también de pequeños logros- se hace carne la lección que aprendí hace tiempo: en la vida hay que hacerle empeño a lo que a uno le queda grande y nunca repetirse; porque aunque sea poco, algo te devuelve la vida, y a veces, ese poco no sólo resulta ser mucho, sino todo.              

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