Indio, garrero y albiverde forever

unnamed

 

1976

 

Los recuerdos una vez más me llevan a la calle Benavente, en Ovalle. Corría el año 1976 o quizás un temprano 1977 y el evento deportivo del año se realizaba un día domingo a las 15 horas en el entonces Estadio Fiscal, donde el cuadro local –Deportes Ovalle- mediría fuerzas con Colo Colo, a esas alturas un cuadro con poquísimas figuras de renombre y que arrastraba el estigma de haber atravesado en el último tiempo continuas malas administraciones y contratos de figuras de escasa valía (la Historia es cíclica, qué duda cabe. Ojo con eso) . Recuerdo un mediático caso: el del argentino Troncoso. De figura nada y fiel reflejo de su apellido en el campo de juego. Pero Colo Colo es Colo Colo siempre, y la publicidad radial de la época con el himno del club ayudaba a mantener vivo el espíritu de glorias pasadas en momentos aciagos. Probablemente estaba fresco el recuerdo de la selección nacional en Alemania 1974, transformando el panorama futbolístico en una gran interrogante.

Así las cosas, ese domingo –parado en la puerta de entrada de la casa que habitaba- me dediqué a observar a la gente que caminaba rauda en dirección al estadio, distante a unas veinte cuadras en dirección a la salida sur de la ciudad. Si bien no alcanzaba a ser una multitud, eran muchas las personas que avanzaban por la calle principal dispuestas a no perderse el magno evento. Deportes Ovalle recién había ascendido a la llamada “División de Honor” del fútbol chileno (las ideas que tenemos los humanos ¿qué es eso del honor?), y con la diezmada situación del club popular no era improbable una sorpresa de las buenas en el marcador.

Resultaba llamativo ante mis ocho o nueve años ver mucha gente humilde –la que a falta de una entrada, seguro se apostaría en las afueras del estadio- en esa verdadera procesión a la tierra santa de la pasión de multitudes. No eran pocos los carretones con familias completas a bordo empujados por el jefe de familia (otra curiosa categoría inventada en estos lados). Uno de ellos sin embargo, llamó mi atención más de la cuenta, pues contaba con opíparos tentempiés para agasajar a la tripulación. O quizás para la venta. Al paso pude divisar un par de ollas y un canasto con empanadas. Cuidando las provisiones, la mujer del conductor de la carreta y tres críos de diversas edades atisbando por entre las tablas de la barandilla. Coronando el velocípedo, a la usanza de los camiones de la época, un banderín con la imagen del Cacique.

En el momento en que el conductor hace un alto, un personaje que transitaba en dirección contraria lo interpela, haciendo gala de un histérico y absurdo localismo, aduciendo que debiera apoyar al club local y no al visitante. El aludido, sin alterarse ante tamaña provocación hecha delante de su prole, seca su transpiración con el pañuelo que lleva al cuello, lo mira y señala: “Ovalle es Ovalle…Colo Colo es Chile” para continuar su periplo en total tranquilidad.

Inmóvil, aún parado en la puerta, y recordando las innumerables pichangas con la pandilla del barrio, siento que algo se funde en mi infantil corazón futbolero, dando paso a una pasión albiverde que me acompañará durante años. A partir de ahí escucharé en la radio los partidos de ambos equipos y gritaré como nadie la vuelta del Cacique cuando se pruebe la corona del campeonato del año 1979 con un equipo de verdaderas estrellas, dando inicio a un ciclo de verdad exitoso, que culminará con la obtención de la Copa Libertadores el año 1991. Está de más decir los sentimientos encontrados que afloraron cuando el año 2008 Deportes Ovalle eliminó a Colo Colo en la Copa Chile, quizás en su última hazaña, previo al derrumbe que lo desterró definitivamente del fútbol profesional, aun transformado en una sociedad anónima al mando de Miguel Nasur (Uff!!). Ni hablar de los vericuetos en los que Blanco y Negro sumió al cuadro popular.

Hoy se juega un partido de fútbol, pero también la posibilidad de sacar una lección. El partido se acaba con el silbato final, no antes. Si no, que lo diga Obdulio Varela. “Aún no escuché la campana”, dirá Rocky en una de sus tantas peleas. Si el resultado no nos acompaña, indudablemente habrá pena y desazón. Quizás la misma que tuvieron que asumir River Plate y la “U”. Caería el más grande. Pero el indio, el garrero y el albiverde -como en la canción de Los Ángeles Negros- no morirá jamás.

 

2 Comments

  1. Andres Duran

    Hermoso relato, cargado de nostalgia y romanticismo, pero también nutrido de una objetividad que retrata vívidamente la esencia del Chile de los 70. Sería bonito que los fanáticos del club albo, especialmente los más arrogantes, leyeran esta crónica y sean capaces de sacar alguna lección.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *